Marta Alessandri

Claudia Bonollo – artista y arquitecto – es una constructora de universos.
Universos que comenzaron tomando forma, con incesante fluidez, en sus Livres-objets de la segunda mitad de los años ochenta: mundos de color con una modulación tonal de impensable riqueza y suntuosidad, encendidos por relámpagos de oro y escalofríos metálicos sobre una base melódica sustancialmente unitaria y armónica. Se formaban y disolvían en el breve pasar de las paginas dejando, al final del libro, una impresión vibrante, como la del espectador de un concierto sinfónico, incapaz de sustraerse a la percusión del eco sonoro todavía en el aire.

Posteriormente, con la realización del Kesa (1987), el habito ceremonial de los monjes budistas, para la Escuela Soto de Fidenza (Parma), símbolo de Buda y portador de liberación, la acción pictórica se aprovecha de los pigmentos naturales aplicados sobre lino y seda, siguiendo la tipología ‘Kujo-E’. Cada pedazo de tela– cosido a los demás según el ritual de los monjes– contenía en sí un mundo auroral, amplificado en el tejido que se desplegaba de la totalidad conjunta de los fragmentos. Una narración estimulante, que tomaba el momento de suspensión en el cual todo quedaba desarticulado antes de fundirse en el estado en el cual creador y creación – ya nunca mas contrapuestos – se irradian en todas direcciones, en una totalidad que va más allá de cualquier distinción.

La Luz. La búsqueda pictórica de Claudia Bonollo se desarrollade manera paralela a su trayectoria vital, con la experiencia y la fatiga, la opacidad de la materia y el presagiar la posibilidad de la existencia de sus contrarios. Es la pintura como búsqueda espiritual, como elaboración terapéutica de la realidad y representación del drama del alma. De ello nacen los “Mándalas”, cosmogramas que reproducen universos en su proceso de emanación y reabsorbimiento, los ángeles que habitan silenciosamente dimensiones paralelas, los andróginos. Pero, por encima de todo, tomado del intramundo de la imaginación, el mundus imaginalis, hallado en los textos de Henry Corbin y en su interpretación de la mística de la luz de Soharawardi. “El mundo del imaginal y de la percepción imaginativa es un mundo intermedio entre el mundo de la inteligencia y el de los sentidos. Su plano ontológico está por encima del mundo de los sentidos y sobre el mundo inteligible. Es un mundo en el cual existe la totalidad de las formas y de las figuras, de las dimensiones y de los cuerpos con todo lo que le es conexo: movimientos, quietud, posiciones, configuraciones, todo subsistente por si mismo, ‘suspendido’…”, escribe Corbin en su libro Cuerpo Espiritual y Tierra Celeste.

Estaríamos hablando de un repertorio ideal, mítico y maravilloso, pero sin la presencia y la acción de la imaginación activa, órgano antepuesto a la percepción, se interrumpe la articulación entre lo sensible y lo inteligible y se evita el acceso a la realidad del ser. Sin embargo, las creaciones, autenticas criaturas de Claudia Bonollo, toman vida bajo innumerables formas, por medio de las mas variadas técnicas, en un continuo fluir de lo material a lo inmaterial y viceversa. Si bien se trata de un mundo imaginalis y de territorios habitados por las epifanías del espíritu, la artista vive en una dimensión densa, terrestre, en la dura época de la contemporaneidad, donde estallan los conflictos y el ego se rebela al franquear el umbral del inconsciente. Son los Ángeles que abandonan entonces la representación informal de los orígenes para adquirir las expresiones dolorosas, los rostros tumefactos de los personajes de Bacon (“Angel del rostro” y “Angel de la cara”, 1988); los mandalas elaborados con ordenador o realizados con técnicas mixtas (2001) que pasan de universos de redonda fluidez a grumos de dramática conflagración, que convivencon hallazgos en visión cenital de ciudades desoladas, arqueología de vida interrumpida. Sin embargo, si estas heridas sobre la piel del planeta evocan catástrofes hoy trasladadas del imaginario de la ciencia ficción a la cotidianeidad inesperada, en otro lugar renacen, se diría por germinación, otros núcleos urbanos, otras aglomeraciones latentes que mudan sus configuraciones de organismos biológicos, de células en expansión vital. Y el color, también este vehículo alterno de materialidad e incorporeidad, pasa del uso viscoso, con efectos espaciales en los azules intensos, y del pardo del betún de judea - usado en los bajorrelieves pictóricos de reciente producción -a la transparencia de los turquesa, de los violáceos, de los azules de los últimos collage que reproducen mágicamente la fluidez de los paraísos marinos perdidos.Todo se transforma, todo muere y renace, en un continuo proceso de revelación que restituye a la visibilidad aquello que estaba contenido en el caos.

Traducción de Felix Casanova



 
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