SINAESTHESIA

ATELIER CROMÁTICO

Fundado en Madrid y dirigido por la arquitecta y artista italiana Claudia Bonollo, ATELIER CROMÁTICO es una plataforma internacional dedicada al arte, la cultura y la investigación, así como un laboratorio experimental orientado a un uso consciente del color.

Nacido como un espacio de exploración para un nuevo paisaje artístico, se ha consolidado como un punto de encuentro para artistas, arquitectos, urbanistas, historiadores, filósofos, científicos, músicos y diseñadores, así como para todos aquellos interesados en el estudio del color.

Entre sus actividades destacan masterclasses y conferencias sobre el color, exposiciones temáticas, instalaciones multisensoriales, “habitaciones cuánticas”, performances, acciones coreográficas, talleres y seminarios centrados en la relación entre color, emoción y salud.

Todas las propuestas se articulan desde una dimensión lúdica y experiencial: cenas temáticas, noches creativas (Creative Insomnia), happenings y performances. Estas iniciativas se sustentan en dos principios fundamentales: por un lado, la convicción de que la investigación debe abordarse desde una perspectiva multidisciplinar; por otro, la importancia de la experimentación como herramienta de conocimiento, que convierte a cada participante —ya sea docente, estudiante o visitante— en un investigador activo.

Actualmente, el Atelier investiga el fenómeno de la sinestesia, desarrollando performances, exposiciones y seminarios centrados en la relación entre color y sonido (sinestesia vibracional), así como entre color y fragancia (sinestesia olfativa), en colaboración con la historiadora Valérie Aucouturier.

RECORRIDOS COLOR Y MÚSICA Y COLOR FRAGANCIAS

El color: lenguaje, emoción y pensamiento

«Los colores nos incitan a filosofar». — Ludwig Wittgenstein

El color no es un simple atributo de las cosas ni un adorno superficial que se añade a la forma. Es, antes que nada, una experiencia fundamental: un lenguaje silencioso que atraviesa la percepción, la emoción y el pensamiento. Allí donde aparece el color, emerge también una forma de comprender el mundo.

En la práctica artística, el color ha sido siempre una herramienta de conocimiento. No se trata únicamente de representar la realidad, sino de transformarla. «Cuando no tengo azul, pongo rojo», afirmaba Pablo Picasso, señalando que el color no responde a una lógica mimética, sino a una necesidad expresiva. De manera similar, Henri Matisse insistía en que «el color debe ser pensado, soñado, imaginado», subrayando su dimensión interior antes que su función descriptiva.

El color actúa directamente sobre la sensibilidad. No pasa por el filtro de la razón de la misma manera que la forma o el lenguaje verbal. Wassily Kandinsky lo expresó con claridad: «El color es un medio para influir directamente en el alma». Esta capacidad de afectar sin mediaciones convierte al color en una fuerza psíquica, en una vibración que atraviesa al observador. No es casual que Claude Monet lo definiera como «la alegría y el tormento» de su vida: el color no solo embellece, también inquieta, transforma y desestabiliza.

Desde una perspectiva más amplia, el color se sitúa en la intersección entre el mundo físico y la experiencia subjetiva. Maurice Merleau-Ponty lo formuló de manera precisa: «El color es el lugar donde nuestro cerebro y el universo se encuentran». En efecto, el color no existe únicamente en la luz ni en los objetos, sino en la relación entre ambos y en la mirada que los interpreta. Es, por tanto, un fenómeno relacional, un acontecimiento perceptivo.

Esta ambigüedad lo hace difícil de definir. Como señalaba David Batchelor, estudiar el color implica enfrentarse a los límites del lenguaje. El color se resiste a ser reducido a conceptos estables: cambia con la luz, con el contexto, con la memoria y con la cultura. «Solo un ojo ignorante asigna un color fijo e inmutable a cada objeto», advertía Paul Gauguin, recordándonos que ver es siempre interpretar.

En la naturaleza, el color surge como efecto de la luz. «En la naturaleza, la luz crea el color; en la pintura, el color crea la luz», afirmaba Hans Hofmann, invirtiendo la relación para mostrar el poder constructivo del arte. El color no solo revela el mundo, sino que lo produce. Johannes Itten lo expresó de manera radical: «El color es vida, porque un mundo sin color se nos presenta como muerto». Sin color, la realidad perdería su intensidad, su profundidad y su capacidad de afectarnos.

Pero el color no es únicamente percepción o emoción: es también símbolo y metáfora. A lo largo de la historia, los colores han cargado significados culturales, espirituales y políticos. Han servido para ordenar el mundo, para diferenciar, para jerarquizar. Sin embargo, esa dimensión simbólica nunca es fija; se transforma con el tiempo y con los contextos. El color, en este sentido, es un lenguaje en constante mutación.

En su dimensión más poética, el color se aproxima a la música. «Trato de aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música», decía Joan Miró. La analogía no es casual: ambos, color y sonido, operan como vibraciones que afectan directamente al cuerpo y a la sensibilidad. Paul Gauguin lo formuló como una revelación: «¡Color! ¡Qué lenguaje profundo y misterioso, el lenguaje de los sueños!».

Esta dimensión onírica y simbólica conecta el color con lo más íntimo del ser humano. «El alma se tiñe con el color de sus pensamientos», escribió Marco Aurelio, sugiriendo que el color no solo está fuera, en el mundo visible, sino también dentro, en la vida interior. De ahí que Carl Gustav Jung lo definiera como «la lengua materna del subconsciente»: un medio a través del cual emergen contenidos que no pueden expresarse de otro modo.

En última instancia, el color es una forma de experiencia total. No se limita a la vista, sino que involucra al cuerpo, a la memoria, a la emoción y a la cultura. Es, como escribió Roland Barthes, «nuevo cada vez que se mira». Nunca se agota, nunca se fija definitivamente. Cada encuentro con el color es un acontecimiento singular.

Quizá por eso el color sigue siendo, a pesar de todo, un misterio. No puede reducirse a fórmulas ni a definiciones cerradas. Es, más bien, un campo de posibilidades: una apertura hacia lo sensible, lo imaginario y lo desconocido. Y en esa apertura reside su poder.

El color no solo muestra el mundo. Lo reinventa.

SYNAESTHESIA – Bajorrelieve orgánico con secuencias cromáticas inspiradas por la música

  • ONE MINUTE MEDITATION
  • PERSONAL CONSTELLATIONS
  • HEART WRENCHING BLUE o EL SUFRIMIENTO SUBLIME
  • VIDEO GENERAL DE LA RUTA DE LA VIDA – 963 Hz

OCÉANO – sónidos armonicos 963 Hz

VÍDEOS – LOS ÓRGANOS IMAGINALES

Una de las principales líneas de investigación de Claudia Bonollo/Sophia Cromatica, La Ruta de la Vida (El Cuerpo Imaginado), se ha convertido en una exposición permanente en el Colegio de Médicos de Madrid. Se trata de una topografía regeneradora que busca sanar la memoria de un lugar mediante vibraciones cromáticas —metabiologías transformadas por el color— y composiciones sonoras basadas en frecuencias utilizadas en musicoterapia. A través de códigos QR, el público puede acceder a estas experiencias audiovisuales.

CEREBRO – 741 hz

PULMONES – 764 Hz